OPINIÓN: Clint Eastwood, la leyenda

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Los adjetivos pueden salirse de control cuando se escribe sobre alguien como Clint Eastwood: legendario, emblemático, prolífico, fuerte, apasionado, reconocido, solvente y capaz. Los críticos en diferentes medios y países pueden ser blandos con una figura como él; la gran figura de Hollywood.

No señalo ni reparto culpas. Todo se vale con Clint. En 1995, cuando la Academia le otorgó el premio especial Irving Thalberg por su trayectoria, el actor y director habló sobre el oficio de hacer cine: “Si alguien me pregunta sobre cómo hacer películas, yo le diría que se trata de un poco de conocimiento y de mucha suerte”.

Vaya que la suerte –acompañada de un trabajo incansable, claro– ha estado del lado de Clint Eastwood. El hombre lo ha hecho todo. Conoce el cine como pocos y su curiosidad lo ha llevado a terrenos que van más allá de la pantalla grande.

Su primer crédito como actor data de 1955; esto es, su nombre aparece en cintas estrenadas en ocho décadas distintas. Haga la cuenta, querido lector. Tiene 39 largometrajes como director, una obra que suma 47 nominaciones a los Premios Óscar.

Basta de numeralia y mejor sigamos trazando el perfil de este hombre interesante. Eastwood incursionó en la política como Ronald Reagan antes que él y Arnold Schwarzenegger en años más recientes. La estrella del celuloide ganó las elecciones como candidato independiente a la alcaldía de Carmel, un próspero pueblo en el norte de California, con el 72 por ciento de los votos.

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Político y músico. Clint sabe tocar el piano y compone algunas piezas para su cine, echando mano de dos géneros consentidos: el blues y el jazz. Uno puede encontrar piezas firmadas por Eastwood en las aplicaciones más importantes de streaming musical.

Ahora, la leyenda puede anotar otra hazaña a su lista de metas alcanzadas: Haber filmado una película a los 90 años en medio de una pandemia. Of course, Clint dirigió Cry Macho en Nuevo México entre noviembre y diciembre del 2020, cuando buena parte del mundo estaba abrumado por el COVID-19 que todavía nos persigue.

Todos los miembros de la producción debían someterse a la prueba del hisopo al menos cada tres días. Los actores cuentan que solo iban del hotel al set y de regreso. Nada de restaurantes. Nada de comer todos juntos en un ambiente de cofradía. Más bien, en una mesa larga, un actor se sentaba en un extremo y algún colega hacía lo propio del lado contrario. Sana distancia.

Ahora me propongo ejercer cierta distancia crítica. Clint Eastwood es uno de mis directores favoritos. Million Dollar Baby: Golpes del destino, con una extraordinaria Hilary Swank, me hizo berrear y sentirme vulnerable, viéndola junto a mi padre. El sustituto, que tiene el mejor protagónico de Angelina Jolie, me provocó una dosis considerable de sufrimiento. Grandes actuaciones, vínculos emocionales que guardo en la memoria.

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Todo para decir que Cry Macho es de lo peor en la filmografía de Eastwood, que en los últimos años ha entregado una obra maestra –El francotirador (2014)–, una película bien lograda –El caso de Richard Jewell (2019)–, una cinta emocionante y un tanto cuanto fallida –Sully: Hazaña en el Hudson (2016)– y una reverenda porquería –15:17 Tren a París (2018)–. Esta incursión como director, ya nonagenario, está más cerca de la porquería que de la emoción o la ejecución virtuosa.

Y, con todos sus problemas, hay algo que invita al gozo en Cry Macho. No es la presencia de actores mexicanos como el joven Eduardo Minett o la más experimentada Natalia Traven. Ese algo tampoco es la trama, tan simple como burda: La historia de una exestrella del rodeo que viaja a México para rescatar al hijo de su amigo.

Ese algo es la presencia de Clint, hombre que ha gozado y que sigue gozando. Hombre que disfruta hacer y actuar películas. Hombre que contagia el amor por ese bellísimo truco de magia que es el cine.

LA PALOMITA: Mañana [25 de septiembre], la ceremonia de los Premios Ariel 2021. Que vengan las quinielas.

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“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

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POB/LFJ