PELÍCULA | Adiós a Daniel Craig: Sin tiempo para morir

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La saga del agente 007 tiene películas excelentes, buenas, mediocres y malas. La franquicia ha lanzado a la fama a cinco de sus seis actores protagonistas, todos interpretando a James Bond con una cierta mezcla de elegancia, rudeza y picardía.

La lista está compuesta por Sean Connery, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig –el olvidado es George Lazenby con una sola aparición en 1969, ya que sentía que Bond no era un papel digno de actores serios y comprometidos–.

Desde la llegada de Craig a la propiedad emblemática de MGM, el espía ya no es tanto una máquina de perseguir villanos y seducir mujeres, sino un hombre atormentado que esconde su sensibilidad detrás de una dura fachada. Ahí siguen los malos y las bellezas esculturales, pero su presencia va más allá; salen en la pantalla para darle nuevas dimensiones al agente del MI6.

Ahora el público conoce a un James Bond distinto, el del hombre que a su colección de conquistas suma el deseo de vivir el amor. Todo empezó con Vesper Lynd en Casino Royale (2006), con una Eva Green que pasará a los libros como una de las grandes chicas Bond y sin lugar a dudas como la más icónica desde Jill Masterson en Goldfinger (1964).

Esta tensión entre el amor y la sangre fría es la razón por la que Sin tiempo para morir es el cierre perfecto para el James Bond de Daniel Craig. La película explora dos áreas interesantes en la vida del espía. Primero, cómo se adapta al retiro del Servicio Secreto y segundo, qué tan lejos puede llegar por una mujer que le permite entrever un futuro en familia.

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La mujer es la psicóloga Madeleine Swann (Léa Seydoux), quien reaparece luego de su debut en Spectre (2015). El villano es Lyutsifer Safin (Rami Malek), criminal que al sufrir la pérdida de sus padres, decide embarcarse en una venganza sin tregua. Safin resguarda dosis de un virus mortal, un arma biológica que puede asesinar selectivamente.

El subtexto de un virus fuera de control le da verosimilitud a la cinta en estos tiempos aún pandémicos y así, inscribe a la película en los tiempos que corren (sin proponérselo porque la filmación ocurrió entre abril y octubre del 2019).

Hay otras señales de lo que pasa en el mundo actual cuando uno se acerca a Sin tiempo para morir. Imposible ignorar los guiños a la corrección política en una saga donde el protagonista es muchas cosas, menos políticamente correcto. En el film se menciona la homosexualidad de un personaje legendario, mientras que una espía afrodescendiente (Lashana Lynch) concentra poder en el MI6.

El universo Bond no es un universo per se contra la inclusión y la diversidad, pero el problema está en que la bandera de la inclusión se siente forzada. Se siente como si los ejecutivos de MGM y Universal estuvieran cubriéndose las espaldas para evitar críticas y malas relaciones públicas. No vayamos a pensar mal.

Sin tiempo para morir es notable en el conjunto del 007 por tres motivos. Con un enmascarado que recorre la nieve, el director Cary Joji Fukunaga empieza la cinta con una secuencia de terror, muy alejada de la norma en estas películas de espías. La secuencia funciona de maravilla; provoca angustia y explica a uno de los personajes clave.

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Segundo, Fukunaga filmó imágenes espectaculares dignas de una superproducción. Me vienen a la mente un par de tomas: Cuando los malos llegan al laboratorio donde está encerrado el virus y cuando Bond enfrenta al villano en su jardín tan particular. Recuerde estas dos referencias, querido lector.      

Y como bien resume la frase “no por eso, menos importante”, tenemos a Daniel Craig en su última aventura como el womanizer británico. Al salir los créditos sobre fondo negro, queda la sensación del trabajo cumplido, queda la nostalgia por una saga que tendrá que redefinirse.     

LA PALOMITA: Sin tiempo para morir, en cartelera, ha recaudado 121 millones de dólares en 54 países (nada mal). Hoy, 8 de octubre, estrena en Estados Unidos y queda pendiente la premiere en China. Aquí los números de CANACINE dan tristeza.

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POB/LFJ