OPINIÓN: El yugo masculino en nuestros cuerpos

Jhael Arroyo

Desde niñas, las mujeres comenzamos a notar lo que el sistema espera de nuestros cuerpos muy por encima de nuestro ser: pechos pronunciados, nalgas abultadas y firmes, cintura de avispa, piel tersa y de preferencia blanca (sin acné por supuesto), nada de celulitis ni estrías, delgadez (no tanta como parecer anoréxica), pestañas tupidas, ojos grandes (claros mucho mejor), y un laaargo etcétera.

Sin saberlo se nos va envolviendo en un régimen que nos hace desde muy temprana edad odiar nuestro físico en busca de ser lo más parecidas a lo que las miradas masculinas esperan de nosotras para ser aceptadas en ese círculo de absurda popularidad, pero también en busca de cumplir con el modelo estereotipado de “belleza” que en términos generales se asocia a una europea o estadounidense con las típicas medidas consideradas “universales” de perfección: 90-60-90 la meta.

El bombardeo llega de todos lados: comerciales, revistas, telenovelas, programas de televisión, canciones, concursos de belleza, varones del círculo cercano, sociedad, familia…

Todo un sistema que nos revuelca todos los días en la cara lo mucho que apesta nuestro físico por no parecernos a tal o cual mujer que mueve las acentuadas caderas en pantalla y que nos impulsa amargamente a desear cambiarnos de pies a cabeza y a consumir un sin fin de productos mágicos.

Para, a su vez, ser consumidas por las miradas masculinas y entrar en las categorías de la buenerríma, la bonita, la gordibuena, la nalgona, la chichona; clasificaciones en las que la mayoría de mujeres queremos entrar para no ser parte de las feas, las gordas, las monstruito, las planas…

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Después de todo, el machismo hace que ellos sean más valorados en sus círculos si tienen como pareja a la chica bonita y popular.

Esta imposición tan normalizada de ideas resulta ser muy redituable para el modelo económico: 40 mil pesos anuales promedio gastados en el 2020 por las mexicanas en cosméticos, tratamientos y productos de belleza en general de acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria de Productos Cosméticos (CANIPEC).

Este costo ubica a México como el primer consumidor de América Latina, siendo el valor de mercado de la industria de 179 mil 319 millones de pesos, valor equiparable al presupuesto destinado por la Secretaría de Bienestar en el combate a la pobreza.

Eso sin contar, además, las operaciones de nariz, busto, pompas, estiramientos faciales, liposucción, vaya ¡hasta reconstrucciones de himen!, que hacen que el país ocupe el tercer puesto en la región latinoamericana en este tipo de procedimientos con 1 millón 043 mil 247 operaciones estéticas anuales.

El saldo: el auto valor y la autoconcepción totalmente destruidos. Nunca es suficiente, siempre habrá alguien mejor: más deseable, más “sabrosa”.

Apesta a un patriarcado que se infiltra en las venas como heroína para reproducirse a través de millones de mujeres zombis que no terminamos de aceptarnos y de asimilar que somos más allá de la aprobación libidinosa de cualquier varón.

El contexto está colmado de mujeres que siendo realmente valiosas deciden cambiarse mediante intervenciones quirúrgicas o procedimientos estéticos –en muchas ocasiones dolorosos–, para seguir siendo parte de esa élite que se niega a envejecer y permanecer vigente en este mundo de deseo machista y sexista.

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No es mi intención ser esa jueza implacable que critica con dureza a quien decide transformar su cuerpo, en carne propia vivo lo difícil que es intentar demoler el colonialismo y el machismo interno, sino más bien contribuir con un dejo de empatía y una profunda furia de transformación a la reflexión para llegar al autocuestionamiento sobre lo que consideramos belleza para construir desde nuestra mirada de mujer, un concepto propio de autoaprobación por encima de ese modelo impuesto desde la óptica masculina para su propio consumo.

Por ello desde esta columna con gafas violetas, la invitación a defender nuestro cuerpo como territorio a través de la emancipación de esos modelos impuestos de feminidad.

Cierro con esta frase de un meme encontrado por ahí en una red social: “Mujeres: nunca nos veamos al espejo con ojos de hombre”.

Jhael Arroyo es Candidata a doctora por FLACSO Argentina. Economista BUAP. Directora General de A&J Consultores. Especialista en políticas públicas con perspectiva de género y proyectos socioeconómicos. Feminista –hija del patriarcado y machista en plena demolición–. Escritora de clóset. Intento de disidente.

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POB/LFJ