OPINIÓN: Reivindicando nuestro derecho al placer

Como dice Coral Herrera, un cuerpo femenino que no está al servicio del goce exclusivo del hombre, es un lugar de resistencia a la violencia del patriarcado.

Jhael Arroyo

Un tema con fuerte carga moral y repleto de prejuicios, es todo lo que se refiere a la sexualidad femenina y a la forma en cómo las mujeres somos clasificadas principalmente en dos grandes categorías al momento de entablar relaciones:

“Las fáciles” –esas que “aflojan rápido” y por lo tanto son putas-. Y aquellas que son “para algo serio” que normalmente se asocia con mujeres que reprimen su sexualidad para ser consideradas dignas de ser la pareja de largo plazo o la esposa de algún macho mocho.

A muy corta edad se nos somete al sadismo de la religión católica (también de otras) que nos amenaza con el castigo divino de hundirnos en el mismísimo infierno o quedarnos sordas o mudas por tocar o conocer nuestro cuerpo, cuerpo que además es considerado una cueva pecaminosa con sensaciones placenteras que debemos evitar y satanizar, hasta terminar odiándolas para montar una guerra feroz contra ellas y avergonzarse por sentirlas.

Esa vergüenza de a poco se va asociado con evitar la “putería”.

¿Qué mujer en su sano juicio quiere recaer en esta categoría? Cuando la misma Real Academia de la Lengua sitúa su origen en el latín putida (podrida) para luego agregar: “ramera o mujer ruin (que) siempre es caliente y de mal olor”.

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Esta brevísima descripción es muy clara y contundente: ¿qué podemos esperar entonces las mujeres de un sistema que nos grita que la sexualidad femenina es ruin y pestilente?

Cae en lo absurdo otorgar valor a cualquier tipo de represión (en este caso sexual) para ser valorada en una escala que nos resta puntos entre más sexual se es, sin contar que esa valoración excluye a cualquier varón.

La reflexión iría en torno al auto-cuestionamiento sobre ¿por qué debe ser diferente el comportamiento sexual entre hombres y mujeres? ¿Por qué las mujeres debemos reprimirnos para agradar y ser valoradas, y, por el contrario, los varones deben incluso deben exceder y “cacaraquear” su deseo erótico para ser considerados “verdaderos hombres”? ¿Qué ganamos como sociedad al seguir reproduciendo estas ideas arcaicas que someten y controlan la libido femenina?

El control del goce femenino es totalmente patriarcal. Se nos clasifica de zorras al tener sexo con muchas personas y pretender con semejante experiencia íntima entablar una relación “seria”. Sin embargo, no se castiga la paga por sexo en algún centro nocturno atascado de esos hombres que mágicamente se convierten en puritanos y moralmente correctos al momento de buscar pareja.

Seríamos más libres y entablaríamos relaciones más sanas si nos quitáramos esas ataduras morales que enjaulan el goce y disfrute natural del sexo como lo que es, un momento de conexión y placer que nada tiene que ver con la moralidad, la pureza y el ser buena persona.

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Por más que analizo no logro comprender el afán de etiquetar la sexualidad como algo indigno o algo que se deba esconder si no se quiere anular las relaciones catalogadas como “formales”. Por su puesto que todo este peso recae en las mujeres que debemos encubrir nuestro deseo para no ser juzgadas y encasilladas en un rol que además de injusto, es profundamente hipócrita.

Como resultado tenemos una sociedad con una profunda doble moral en donde los “table” están saturados de varones casados o al menos con pareja que buscan justamente lo que rechazaron afuera en mujeres que exhiben su alta libido. Y a su vez, miles de mujeres frustradas y atormentadas por disminuir o disimular su deseo sexual con el objetivo de no ser rechazadas y encontrar un marido que muy probablemente y con una fuerte carga machista, buscará ese placer sexual fuera de esa relación “formal” del momento.

Como dice Coral Herrera, un cuerpo femenino que no está al servicio del disfrute exclusivo del hombre, es un lugar de resistencia a la violencia del patriarcado y el capitalismo.

Reivindiquemos pues, nuestro derecho al placer.

Jhael Arroyo es Candidata a doctora por FLACSO Argentina. Economista BUAP. Directora General de A&J Consultores. Especialista en políticas públicas con perspectiva de género y proyectos socioeconómicos. Feminista –hija del patriarcado y machista en plena demolición–. Escritora de clóset. Intento de disidente.

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